04:15 h. Miércoles, 20 de noviembre de 2019

LA NOCHE DE LOS FINADOS

ORDEN DEL CACHORRO
laverdaddelanzarote.opennemas.com  |  29 de octubre de 2019 (19:51 h.)
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Desde siempre, las fiestas de los Santos y la conmemoración de Difuntos han sido celebraciones religiosas muy respetadas por todos los vecinos de los pueblos de Canarias. Era costumbre que se rindiera culto a los difuntos y se ofrecieran sufragios a las ánimas. El Día de Todos Los Santos (2 de noviembre) es origen de numerosas tradiciones en Canarias. Es la fecha en la cual se visitan los cementerios, se limpian lápidas y se adornan con flores las tumbas de los seres queridos.

La cultura de la muerte en Canarias

En los pueblos de Canarias, la muerte de una persona no pasaba desapercibida para nadie en aquel pequeño pueblo marcado por las faenas agrícolas y el cambio de las estaciones. Ningún vecino podía ser ajeno a ella y, de un modo u otro, era inexorable su activa participación en el hecho. La casa del muerto se convertía en el centro de la actividad social, cuyos habitantes encontraban pocas oportunidades de encontrarse y reunirse, aparte de las que, eventualmente, les proporcionaba la misa o las escasas fiestas. Por el ambiente creado, parecía que el pueblo había perdido el aliento al mismo tiempo que el extinto.

En un principio, la tradición de los finados era, eminentemente, familiar y se contaban anécdotas de los finados de la familia y los hacía presentes con sus palabras. Mientras tanto, se compartía una comida frugal a base de donde se había preparado el condumio, consistente en torrijas con miel de caña, nueces, castañas asadas, higos pasados, acompañado todo con vino, mistela, con anisado. Luego se salía y la celebración llevaba el rito en la calle con los ranchos de ánimas que iban por el pueblo con sus cánticos.

En verdad, tenía todos los visos de una comida ritual: se hablaba poco, se rezaba y los abuelos suspiraban pensando si llegarían a la comida del próximo año. Mientras se oscurecía por la llegada de la noche, si es que la luna no lo remediaba, lucían y crepitaban las lamparitas de aceite en honor de los muertos. Así comenzaba la noche de difuntos con el insistente doblar de las campanas, cuyos toque de ánimas parecían suspiros lastimeros.

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