04:31 h. Miércoles, 17 de julio de 2019

“Si me engañas una vez la culpa es tuya, si me engañas dos la culpa es mía”                                                                                           (proverbio anónimo)

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laverdaddelanzarote.opennemas.com  |  09 de mayo de 2019 (11:42 h.)
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La democracia (del griego demos, pueblo y kratos, gobierno) es una forma de organización del estado en el cual el pueblo ejerce la soberanía mediante diferentes sistemas de participación siendo el más importante la asamblea. Probablemente el primer ejemplo de funcionamiento democrático lo tenemos en los Tagorores wanches a través de los cuales se gobernaban los menceyatos, cantones y faicanatos, constituyendo el más avanzado sistema de organización social conocido, lo que atemorizó especialmente a las monarquías europeas y, especialmente, al Vaticano que, para evitar que otros pueblos “se contaminaran” con las democráticas ideas, autorizó la conquista de Canarias a Luis de España y Cerda tan pronto como el año 1344 mediante la bula Tue devotionis sinceritas, todavía vigente, para oprobio y vergüenza de la humanidad entera. Aquellos que no vean, no quieran o no les interese ver claro este motivo les sugerimos que recurran al “ojo de vidrio” de Pepito Monagas.

La plutocracia (del griego plutos, riqueza y kratos, gobierno) es una forma de gobierno en donde el poder lo ejercen los más ricos o está influido por ellos ¿No les suena esto? Un ejemplo lo tenemos en el actual régimen monárquico y colonial español, cuyo poder está en manos de las élites acaudaladas, ejerciendo la jefatura del Estado, hereditariamente, Felipe Juan Pablo Alfonso de Todos los Santos de Borbón y Grecia (porque es una dinastía extranjera) y motivo por el cual podemos definir al sistema imperante en el reino de España como una plutocracia coronada.

La diferencia entre la democracia y la plutocracia es abismal pues en la democracia quien gobierna es el pueblo soberano mientras que en la plutocracia el poder lo ejerce los propietarios del dinero, no siendo casualidad, por ejemplo, que los medios de comunicación masiva sean propiedad del poder financiero, o sea de los bancos, que así fabrican, en función de sus intereses, la opinión de la gente. Desde que los wanches la inventaron y aplicaron en los Tagorores a la gente le entusiasma la democracia, siendo ese el principal motivo por el cual las plutocracias intentan y, en la mayoría de los casos, consiguen, hacerse pasar por democracias sin serlo, aunque cada vez son más los que asumen la consigna ya famosa que dice “lo llaman democracia y no lo es”.

La imprescindible e irrenunciable ética. La ética es una disciplina filosófica que pretende racionalizar el comportamiento social del Homo sapiens en sus dos variedades, Homo sapiens sapiens y Homo sapiens bellicosus. Es una disciplina que las sociedades democráticas deben inculcar en sus ciudadanos y ciudadanas desde la más tierna infancia para que pueda ser efectiva y un reflejo del comportamiento de las personas en cualquier contexto: social, político, económico, cultural y deportivo. Lo ilustramos con un chiste. Cuentan de una madre que, preocupada con la educación de su hijo, acudió al pediatra al que le solicitó asesoramiento para que su hijo fuera una persona educada, respetuosa con los demás y tuviera una vida libre y feliz. El pediatra, intentando ayudar, preguntó a la madre: “ Qué edad tiene su hijo”. “Seis meses”, respondió la madre, a lo que replicó el pediatra: “Pues ya no hay nada que hacer”.

El fin NO justifica los medios. La frase “El fin justifica los medios” se aplica tanto en política como en los negocios e incluso en la ética y, vergonzosamente, en la religión, sobre todo por los que, saltándose el más mínimo comportamiento ético y moral, intentan justificar éticamente las fechorías cometidas: “En las acciones de los hombres y, particularmente, de los príncipes, donde no hay apelación posible, se atiende a los resultados. Trate pues, el príncipe de vencer y conservar el Estado, que los medios siempre serán honorables y loados por todos; porque el vulgo se deja engañar por las apariencias y por el éxito; y en el mundo sólo hay vulgo, ya que las minorías no cuentan” (“El Príncipe”, capítulo XVIII). Probablemente el primero en disentir de la perversa afirmación fue Aldous Huxley para el que los fines no pueden justificar los medios dado que los medios utilizados son los que determinan tanto la ética como la moralidad del fin pretendido.

Para concluir, las alocadas y torticeras promesas, repetidas una y otra vez desde hace cuarenta años e incluso antes por sus padres, abuelos, bisabuelos y más allá, no deben impedirte mantener los pies en el suelo y la cabeza sobre los hombros, no permitiendo que te engañen nuevamente con las mismas promesas una y otra vez incumplidas, sin ponerse colorados ni nada, muy al contrario, riéndose de ti descaradamente, incluso ante las cámaras de la televisión y las emisiones radiofónicas, en un vergonzoso insulto a tu inteligencia, que para eso se cuidan muchísimo de que sus escuelas formen personas sumisas y fáciles de manipular, en vez de personas libres y felices, pues son conscientes de que, en este caso, no podrían contar contigo para usurpar el poder con su baja, por no decir nula, capacidad política e intelectual.