14:47 h. miércoles, 07 de diciembre de 2022

Entrenadores de medio postín y monitores de fútbol

| 22 de octubre de 2012

FÚTBOL DE GARRAFÓN Hasta no hace demasiadas fechas, al igual que sucediera con todos los ricos de “pega” que furulaban por nuestra sociedad debido al destructivo BOOM de la construcción, también en nuestra UD LANZAROTE se pasearon algunos que otros mercenarios del banquillo.

FÚTBOL DE GARRAFÓN

Hasta no hace demasiadas fechas, al igual que sucediera con todos los ricos de “pega” que furulaban por nuestra sociedad debido al destructivo BOOM de la construcción, también en nuestra UD LANZAROTE se pasearon algunos que otros mercenarios del banquillo.

Decían en su momento los sabiondos de media fila que era la época dorada del balompié en la isla, cierto, era el fútBOLSILLO de más de uno que bien que mamaron durante el primer lustro y alguna temporada más de este 2000, de las infladas arcas o arcones de aquella reluciente UD LANZAROTE.

Y es que en esos primeros años del actual milenio, asomaron sus CORNAMENTAS por ese sufrido club una buena fauna de estrategas, que no estratrepas, que dieron buena cuenta de su clase por dirigir al representativo, sino además dieron buena cuenta de su propia cuenta bancaria asomando algún que otro cero .

Así tenemos por mencionar a algunos, al ilustre señor David Amaral, al archiconocido José Antonio Fernández, al excelentísimo José Antonio Sosa Espinel, al añorado José Luis Mendilibar, al honorable Álvaro Pérez, al no se sabe que ha sido de él Paco Gutiérrez, al trotamundillos Luis Rueda, todos estos individuos “aderezados” en algún momento por algún entrenadorcillo isleño para taponar algún fracaso con los anteriores.

Todo este listado de técnicos de medio postín, bendecidos por unos directivos funestos, son los que marcaron hasta la fecha de hoy un creciente desinterés para con el actual equipín de la UD LANZAROTE.

Bien es cierto que como en toda casa de vecino, en la isla hay algún que otro mamarracho disfrazado de entrenador, y que a pesar de que se acerca a la cincuentena, nunca ha dejado de ser un niñato tanto en su etapa de futbolista, como ahora un payaso en su fracasada vida de entrenador, actualmente monitor cadete. Digo, que no es menos cierto que hoy por hoy da gusto ver a la importante cantidad de monitores que cuidan, entretienen y además enseñan a esa chiquillería que “adorna” con sus ganas de hacer, aprender o jugar al fútbol en los diferentes clubes que afortunadamente “alegran” las mentes y las vidas de muchos padres de familias.

Son esos monitores de base, que con remuneración cero, con una dedicación sorda pero decisiva para la relación social de esa juventud; repito, son esos monitores los que hacen de un club el segundo escalón de una escuela de enseñanza.

Son estos señores, que después de salir de trabajar, los más afortunados, los que emplean su valioso tiempo en ir a enseñar, pero a la vez a aprender de ese mundillo futuro que “asolarán” nuestros campos de fútbol en muy poco tiempo.

Posiblemente será por falta de medios económicos, pero muy atrás quedan esa farándula  de entrenadores de media chapa que arribaron a la UD LANZAROTE , y que muy poco beneficio trajeron al fútbol lanzaroteño; ahora queda “remar” con la antigua “inmundicia” en los banquillos, ahora “agua bendita”. Y es que un club de fútbol no sólo se le reconoce por los méritos o deméritos de lo que sucede en el equipo senior; un club que se precie debe tener “iluminado” todos sus estamentos deportivos, ese es el fundamento principal.

La labor del monitor deportivo, antiguamente regida por cualquier cachanchán, es decisiva y fundamental para escribir páginas transparentes, limpias y destacadas en la historia de un club.

Muchos de estos monitores son antiguos jugadores que han decidido darle un sentido a sus vidas en el deporte empleando su importante sabiduría para con los más pequeños.

Lástima que esta sabiduría apenas se valore para metas mayores en épocas de bonanza, y se busque fuera a ese “sabio” que le suena a “chino” el fútbol lanzaroteño, pero eso sí, sabe cobrar como un “chino” hasta el último penique, casi siempre por nada.

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