19:43 h. sábado, 01 de octubre de 2022
Padre Báez

Resumiendo lo dicho sobre los guanches, continuamos.

Sacerdote y escritor

Padre Báez | 04 de enero de 2017

Resumiendo lo dicho sobre los guanches, continuamos. En gran medida hemos ido exponiendo con brevedad los altísimos valores de aquellos hombres que siguen todavía en nosotros, los que descendemos de ellos y llevamos aún su sangre: Valores y virtudes de los guanches, que trascendían lo puramente mundano para perderse en lo trascendente, y ello emanado del catolicismo particular y aparte que vivían con las señas claras de un primitivo cristianismo que iba creciendo a la par que las nuevas incorporaciones de otros cannariis posteriores, portadores de la evolución del mismo cristianismo que enriquecía el que ya aquí se vivía. Cristianismo que elevó a la máxima categoría humana a aquellos hombres, nuestros antepasados más recientes, los guanches. Veamos y reparemos en la pobreza o sobriedad, virtud primera de Aquel que nos da ejemplo naciendo en un pesebre, se presenta antes que a nadie a los más pobres (los pastores), no tenía donde reclinar la cabeza, y pone a esta virtud entre las bienaventuranzas. Así lo entendió Francisco de Asís, y así lo entendieron aquellos que -además- por las circunstancias propias, no podían hacer mayor alarde de riqueza, aunque ésta podía reinar en palacios y otros lugares de los guanches, pero que en general, eran sobrios y pobres, pobres y sobrios, y llevaban una vida evangélica tal, que raya con el voto de pobreza, o simplemente la viven como buenos cristianos y mejores católicos. Pobreza o sobriedad que les proporciona de paso el que fueran fuertes ante las adversidades, sanos por no padecer harturas, alegría por cuanto sanos y felices, la religiosidad les era connatural y la meta final de cuanto precede. Y esta pobreza -virtud principal del cristianismo-, no solo la vivían los del pueblo más sencillo o casta (cuales romanos) más humilde, sino que los mismísimos reyes (guanartemes), la vivían y practicaban pasando a ser la pobreza o sobriedad entre ellos, la mayor o su mayor riqueza. Sobriedad, austeridad o pobreza, manifestada sobretodo en la mesa, en el comer, pues el pan de cada día de ellos, aparte la oración y tiempo dedicado con ofrendas a Dios, era el gofio. El gofio era, lo que le ofrecía abundantemente en sus granos la madre naturaleza. Un nutriente sencillo y frugal, de alimento fuerte y sano, extraído de las diversas semillas que les ofrecía la tierra, que tostado y molido es un manjar o una delicia que nos alimentó y ayudó al cuerpo y salud que tenemos. Se conservan aquellos viejos molinos de piedra donde hacían el gofio, el principal alimento entonces como ahora todavía en grandes sectores, y más en los provenientes del campo, donde el millo ahora suple las diversas semillas o granos de entonces, pero que al fin es lo mismo. Una mezcla que, polviado, con agua, con leche, guisado, amasado, en pella con frutos secos, con queso, con hortalizas o verduras, hicieron de la gastronomía aborigen o cocina guanche, la mejor y más saludable del mundo, y prueba de ello es o son los cuerpos que conformaban dicha alimentación, donde la primacía está en las legumbres y el gofio ya citado, que escaldado, o de cualquier otra forma es un alimento muy rico en vitaminas, proteínas, y demás bondades. Y dado que de las cabras la leche y las crías, solo el baifo macho, era comida para ciertas solemnidades o días señalados, pero no abusando de ellas, de las que obtenían sus propios vestidos, calzado, mantas, etc., sin despreciar ni siquiera sus cuernos, utilizados en distintos aperos y útiles de pesca entre otros usos, siempre manteniendo el espíritu de austeridad, pobreza o frugalidad en comida y en usos de sus bienes, pues eran ricos en virtudes y pobres en bienes materiales, pues con la tierra su cerámica que sustituía platos de plata y oro en otros lares.

El Padre Báez, descubriendo en los guanches el amor a la pobreza, a la austeridad, al desprendimiento de todo aquello que superfluo, en nada mejora la vida sino que por blandengue y comodicia, la estropea y daña, de ahí que sea la virtud cristiana por excelencia.

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