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Padre Báez

Todo guanche oculta a un caballero

Sacerdote y escritor

Padre Báez | 09 de marzo de 2017

Una anécdota que retrata al guanche: Me resisto a dejar este tema, habida cuenta la importancia del mismo, y lo que va a costar convencer al guanche actual de cuál fue, es y será su papel en la Historia, que todo guanche oculta a un caballero, a un hombre de gran valía -el que más en el mundo- es el hecho que ocurrió, y no es el único-, que bautizados algunos de los principales de aquí, y llevados al continente -como dicen en Portugal a parte de la península- y más exactamente a Andalucía, uno de los nuestros, -como todos los demás en otros lugares- asombró a los de por allá de nuestra fuerza (en ambos sentidos: físicas y mentales), que trascendiendo en la popularidad la misma, alcanzó altura, y desde la alta Castilla, se bajó hasta Sevilla un incauto brabucón, y justo donde uno de los nuestros ejercía de servidor o criado, y más concretamente en el Arzobispado, quiso el altanero y soberbio atrevido medir sus fuerzas con el guanche, en desafío ridículo en el que cayó, pues reunida la curiosidad de tantos, quedó en evidencia la condición de cada cual según procedencia y raza, que el nuestro, a la par que fuerte, noble, y fraterno, no quiso abusar y así se lo advirtió antes de entrar en la brega para saber de parte de quién estaba el mayor poderío, que el nuestro fue y le dijo –algo parecido- lo siguiente, y ello evitándole una paliza, que podía ser cuando no de muerte al menos de dejarlo más que lastimado, física como en su alma: Puesto que vamos a luchar, y somos hermanos, antes de vernos en el terrero, vamos a beber algo, pero con una condición, y es ésta, con un vaso de vino en su mano le dijo, si me impides me lo tome sin derramar una sola gota del mismo, luchamos, si no, vuélvete por dónde has venido. Y así sucedió, que, el atrevido, con sus dos manos y todas sus fuerzas en ello forcejeó, para impedir se tomara el vino el nuestro, cosa que no pudo impedir o evitar, por más que esfuerzos hizo, pues el nuestro, sin derramar una sola gota, apuró el vaso de vino, sin que una sola gota del mismo cayera al suelo, al tiempo que colgado de su brazo aquel otro andaba, pataleando en el aire, y quedando en ridículo ante el público que a tal fin se había congregado. Pues el castellano, temeroso de perder fama y vida, cogió las de Villa Diego, es decir se esfumó, y no hubo tal lucha, de la cual ya había quedado en evidencia un anticipo.

El Padre Báez, que toma ejemplo de lo arriba señalado, para concluir que, por más que el de la Castilla, agarró con todas sus fuerzas, y con sus dos manos y con todo su cuerpo, el brazo solo de nuestro guanche, que mantenía o tenía el susodicho vaso de vino, y por más que se entregó denodadamente a y en impedir se lo tomara, no pudo evitarlo, ni estorbar que el nuestro, de forma parsimoniosa, lenta y saboreando el fruto de la vid, lo degustara, cual si en el brazo una mosca se le hubiera posado, pues poco a poco, sorbo a sorbo, fue degustando el vino de la alegría, y llevaba y retiraba de sus labios el preciado licor, sin que el pobre peninsular pudiera contra el sosiego y paz del guanche que seguía en el placer de tomarse su vaso de aromoso y rico vino del Aljarafe sevillano, a la par que el de aquellas tierras, soberbio y equivocado corría corrido o burlado a sus anchas, secas, y pobres Castillas lleno de vergüenza, humillado y vejado, regresa a sus tierras, harto equivocado, pues si con un guanche vino a medir sus fuerzas, quedó en evidencia, que como nosotros, no hay otros iguales, ni que a medias los alcancen o se comparen. Y como quedó dicho, y lo repito, es una de entre miles las anécdotas a tal fin, pues llevados de esclavos, corrió entre el populacho y demás, la condición del guanche, en éstas como en otras lides donde la fidelidad, la honestidad, la seriedad, su alegría, su caridad..., ¡sus valores, sobresalían, y los hubieron que quisieron comprobarlos y ponerlos a prueba!, quedando en ridículo, cuando no asombrados de la verdad que corría de boca en boca de la buena fama en logros y actitudes, comportamientos y decires de los nuestros, que comienzan a dar pruebas de lo que los normando antes, un siglo atrás habían dicho, de no haberlos igual en el mundo entero, y así lo comprobaban los castellanos y otros, por otros lares, pues hasta Nápoles -entre otros lugares- llegaron, y en el citado lugar hasta un joven esclavo, posó para el genial Miguel Ángel.

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