Desmontando mitos sobre las antiguas sociedades canarias

Jorge Ancor Dorta

JORGE DORTA "ANCOR"

Cuando algunos canarios piensan en las sociedades nativas precoloniales suelen imaginarse unas sociedades clasistas con nobles y plebeyos e incluso castas intocables así como una especie de monarcas absolutistas bajo la denominación de menceyes o guanartemes, junto con una clase sacerdotal opresora que vivía del pueblo y lo mantenía en la superstición dentro de una sociedad machista. 


De ser cierta esta visión, que no lo es, en realidad las sociedades canarias precoloniales no serían muy distintas de las sociedades europeas de la época con sus monarcas, sus señores feudales, sus nobles y plebeyos junto a una institución religiosa represora como la inquisición ideada para controlar y reprimir la esfera cultural-espiritual. Unas sociedades europeas en las que, a diferencia de las sociedades canarias, incluso existía la esclavitud y el comercio de esclavos. Unas sociedades donde se quemaban a hombres y mujeres en la  hoguera y se las torturaba en nombre de Dios. ¿Quienes eran los verdaderos salvajes, nosotros o ellos?

El problema es que la visión de las sociedades nativas nos llegan a través de unas crónicas escritas desde la perspectiva europea, a las que además se les aplica "interesadamente"  filtros morales y culturales propios no de la época sino del siglo XX o XXI. 

Pero en realidad las sociedades nativas eran muy distintas a ese dibujo sesgado. En primer lugar, al igual que en Egipto, el linaje era matrilineal, es decir, que el faraón no era el hijo del faraón sino quien se casara con la hija del faraón. Por tanto la elección del faraón, del Mencey del Guanarteme era un asunto de estado y por tanto sujeto a la aprobación del consejo de ancianos u otro órgano decisorio.
 

La elección de Bentejuy como Guanarteme en el tagoror y su casamiento con la princesa Guayarmina de Galdar ejemplifica esto, lo mismo que en el hecho de entregar a la princesa Arminda Masequera Semidan como símbolo de la soberanía canaria.
 
La historia del guanarteme Egonayga también es ilustrativa. Arminda Masequera era hija de Atendiura quien murió tempranamente con ocasión del parto de su única hija. La muerte de Atendiura determinó la pérdida de legitimidad para gobernar de su esposo, el viejo Egonayga Guayasén Semidán, quien al no querer ceder el trono tras la muerte de la reina, debe enfrentarse a un complot en su contra por parte de la alta nobleza indígena. Egonayga resuelve la situación desposando a su jovencísima sobrina Tenesoya para mantenerse en el poder, jugada política que, como sabemos, no le salió nada bien, con el rapto, primero, y la huída a Lanzarote después, de su jovencísima sobrina, la rubia guayarmina regente.
 
 
El linaje matrilineal significaba que el individuo heredaba de su madre la condición social y de su padre la riqueza material. La mujer no solo era muy respetada por su capacidad de engendrar vida, lo que la asimilaba a la divinidad creadora, sino que tenía bastante libertad e influencia como las mujeres Tamasheq (Tuareg) en la actualidad. Podían divorciarse, con lo que si el mencey o guanarteme les salía rana, teoréticamente un divorcio solucionaba el problema dejando al susodicho sin legitimidad para mandar, siendo sustituido por un nuevo individuo que contase con la suficiente aprobación. 

Tampoco es de descartar que en algunos lugares, islas o en determinados momentos de la historia de estas sociedades – por ejemplo antes de la revolución social que introdujo Andamana en Gran Canaria – se empleasen métodos democráticos similares los utilizados en el continente para elegir al jefe anual de las confederaciones tribales bajo el sistema de los cinco quintos o al utilizado por las sociedades tuareg.
 
Una comparación con las sociedades tuareg nos permite arrojar luz sobre algunos aspectos de las sociedades nativas. La estructura básica de la sociedad tuareg es el linaje (tawshit), grupo de parientes que reconocen un antecesor común. Al igual que en las sociedades canarias los hijos pertenecen socialmente al linaje de la madre y heredan de ella, pero el hogar se establece en los aghiwan o campamentos del linaje del padre. Cada linaje pertenece a una categoría social determinada y hace parte de una ettebel (comunidad social o ‘tribu’). Los linajes designan un su líder (varón) y el consejo de líderes se designa entre los guerreros (varones), el amenokal, jefe de la comunidad.
 
Entre los tuareg, el amenokal era el caudillo de la confederación de tribus era elegido normalmente entre los miembros de una tribu particular que gozaba de ese mismo privilegio. El nombramiento de un nuevo amenokal era ratificado por una reunión (aman¡) en la que tomaban parte todas las tribus. El amenokal es, en efecto, elegido dentro del marco restringido de algunas familias y, en caso de candidatos con derechos equivalentes, se tienen en cuenta las cualidades morales que se reconocen a cada uno. Pero se sabe de rivalidades que pueden empujar a dos partes a oponerse para imponer sus respectivos candidatos.
 
El amenokal, caudillo guerrero, jefe supremo, ve no obstante su influencia limitada por la condición no hereditaria de su cargo. Debe pactar con sus pares y con las demás tribus soberanas para asegurarse un apoyo permanente, lo que le obliga a exhibir una gran liberalidad ante sus pares, entre quienes debe redistribuir parte de las prestaciones de las que es acreedor y compartir el botín de guerra.
 
El papel de la mujer en las sociedades nativas era mucho más importante que en las sociedades europeas. La mujer tenia un carácter casi sagrado por ser capaz de dar vida y eso la hacia participar de la esencia de la divinidad. El análisis de las sociedades tuareg nos da algunas pistas del papel de la mujer en las sociedades isleñas. La mujer tuareg tiene autoridad en el poblado, ya que el hombre está frecuentemente ausente, en sus actividades como pastor, comerciante o guerrero. Generalmente la mujer sabe escribir y es más instruida que su esposo, participa en los consejos y asambleas del linaje y es consultada en los asuntos de la tribu.
 
Las crónicas canarias recogen que el hombre no podía hablar a una mujer en el camino sin que esta se dirigiese a el primero. Una vez más las sociedades tuareg nos dan algunas pistas de como debian haber sido algunas de las costumbres. En dichas sociedades el cortejo entre mujeres y hombres solteros, viudos o divorciados se realiza en sitios denominados ahal. Allí se conversa, se canta, se interpreta música, se recitan poesías y se concertan citas de amor. El matrimonio se realiza después de que la mujer ha aceptado un pretendiente y él la solicita al suegro, pagando una dote, generalmente en ganado. La mujer lleva su ganado personal al nuevo hogar y puede divorciarse y casarse con otro pretendiente, si se considera maltratada por el esposo. 
 
La existencia de clases dentro de las sociedades es algo natural, especialmente en sociedades guerreras como la tinerfeña, pero lo verdaderamente importante no es la existencia de clases sino la existencia de movilidad social, y, en el caso de las sociedades nativas la movilidad social era alta. Un comportamiento deshonesto podía hacer que un noble perdiese su condición, mientras que la valentía en el combate o determinados sacrificios relacionados con las prácticas mágico-religiosas o el engendrar un descendiente del guanarteme, o mediante matrimonio podía hacer subir de condición social no solo al individuo sino a toda su familia.
 
 
La estructura social no es de comunidades agrícola-pastoriles-religiosas sino de agrícola-pastoriles-espirituales. Hablar de prácticas religiosas es equivocado ya que en las sociedades nativas no había religiones regladas sino cultos voluntarios, por tanto la existencia de instituciones represivas como la Inquisición europea no tenían razón de ser. Las comunidades espirituales solían tener sus propios recursos, como los ganados dedicados a la divinidad, aunque recibían también grano de las cosechas. 
 
Estas comunidades a su vez contribuían a la sociedad de forma fundamental, al margen de actividades de culto y espirituales, no solo con sus actividades educativas en las samaras (colegios) o sus conocimientos médicos sino también a través del computo del tiempo, el calendario y los ciclos, así como el manejo de los excedentes y las reservas agrícolas, algo fundamental para la supervivencia en una tierra sujeta a periodos de sequía e incluso a ataques de langosta, algo fundamental para la supervivencia de sociedades agricola-pastoriles.
 
La organización social en determinadas islas muestra el paso de sociedades puramente clánicas a estados organizados, que es una de las etapas de la evolución de las sociedades, generando con ello desarrollo y progreso material. En Gran Canaria Andamana es la figura capital que marca ese paso, pasándose de la violencia propia de las sociedades clánicas a la estabilidad propia de los estados centralizados que permiten la inversión a medio y largo plazo así como el desarrollo y florecimiento cultural. 
 
En cierta medida este paso también se empezó a dar en Tenerife bajo el Gran Tinerfe, el cual, según la tradición oral, no solo unificó la isla sino creo un cuerpo legislativo que reglamentó los desafíos y otras cuestiones y sobre todo hizo de la justicia una cuestión de estado en lugar de un asunto privado entre las partes afectadas, rompiendo de esta forma el circulo vicioso de venganzas y contravenganzas propio de las sociedades clánicas. Pero esta transformación hacia un estado centralizado que diera una mayor estabilidad no llegó a fructificar y consolidarse como en el caso de Gran Canaria.
 
 
Incluso la existencia de castas intocables tenía una razón de ser fundamentada en la protección de la sociedad en su conjunto. Las prácticas de estos grupos de Iboibos (embalsamadores) y carniceros eran consideradas impuras y por tanto susceptibles de atraer a los abexan, los genios oscuros que viven en otra dimensión que no podemos ver y que se alimentan de la desgracia humana la cual muchas veces provocan ellos mismos. En el continente a los abexan se les denomina jinn o jennun (de donde procede la palabra genio).
 
Por tanto la intocabilidad de estas personas tenía que ver con la protección al resto de la comunidad de dichas influencias negativas y potencialmente devastadoras para la comunidad. Influencias negativas que por otro lado los individuos de esas castas habrían de saber neutralizar, manejar y purificar.
 
La tolerancia a la homosexualidad es otro aspecto que diferencia a las sociedades nativas de las europeas. Como bien recoge Fernando Hernandez Gonzalez en su novela Taucho, los “temia” eran admitidos y en ocasiones se les permitía casarse. Eran simplemente un maxio (alma) en el cuerpo equivocado o un maxio femenino que había decidido experimentar una reencarnación en el cuerpo del sexo opuesto.
 
Una vez que nos libramos de posturas ideológicas de clase totalmente fuera de contexto y de la mentecata óptica eurocentrista, con sus tópicos y prejuicios, vemos que las sociedades nativas son muy distintas a como algunos nos las han querido hacer creer y en comparación con las sociedades europeas de los conquistadores muchos más libres y justas para el momento histórico en el que se desarrollaron.