Petra Cruz, víctima de la "justicia" en Lanzarote

JOSÉ LUIS MORALES: "Llevaban tres días de juerga y se habían gastado todo el dinero que habían mancomunado. Bailes en las localidades lanzaroteñas de Haría, Los Valles, teguise y Arrieta, enlazados con apuestas en la baraja, borrachera ininterrumpida y sólo durmiendo en las banquetas de los bares en los que recalaban". Así comienza la crónica de Morales de una parranda protagonizada por los amigos Luis Hernández, Marcos Concepción Pérez y Tomás Valiente Morales, los cuales se presentaron a las ocho de la tarde del ocho de mayo de 1919 en la casa de María del Rosario Cruz Bello.

 

A comienzos del siglo XX murieron las hermanas Cruz Bello de Teseguite, Lanzarote. Una, María del Rosario, a manos de sus asesinos. La otra, Petra, a causa de una justicia que protegió a los criminales por tratarse de los lacayos de los caciques locales. Los asesinos de María Cruz fueron detenidos e indultados, mientras la hermana de la víctima falleció en el manicomio de Las Palmas de Gran Canaria después de ser condenada sin pruebas, vejada, violada y enloquecer. Sesenta años después. Un libro recogió la historia en 1936, pero fue quemado por orden del cura de Arrecife. El silencio se rompió con la publicación en primicia en la revista Interviú por el periodista José Luis Morales.

“Llevaban tres días de juerga y se habían gastado todo el dinero que habían mancomunado. Bailes en las localidades lanzaroteñas de Haría, Los Valles, Teguise y Arrieta, enlazados con apuestas en la baraja, borrachera ininterrumpida y sólo durmiendo en las banquetas de los bares en los que recalaban”. Así comienza la crónica de Morales de una parranda protagonizada por los amigos Luis Hernández, Marcos Concepción Pérez y Tomás Valiente Morales, los cuales se presentaron a las ocho de la tarde del ocho de mayo de 1919 en la casa de María del Rosario Cruz Bello. Los tres tenían claro que para continuar con su tenderete particular tenían que conseguir dinero porque ya no les quedaba ni un céntimo al llegar a Teseguite.

María Cruz tenía una tienda y la cuadrilla sabía que guardaría la recaudación en su casa. Tocaron la puerta y el relato del periodista recoge que María Cruz preguntó quiénes eran y qué querían antes de abrir. “Soy Luis el del Mojón y vengo para que me venda una caja de fósforos”, le contestaron. A los pocos minutos, María Cruz abrió una de las hojas de la ventana y se asomó para entregarle la caja de cerillas. Sin mediar palabra, Luis Hernández la tiró de los pelos al tiempo que Marcos Concepción Pérez la degollaba con una navaja. La sangre inundó la habitación y las afueras de la vivienda. Los asesinos empujaron el cuerpo hacia dentro mientras todavía se retorcía en saltos de muerte. Entraron en la casa y, con frialdad, registraron la casa hasta encontrar cuatrocientas pesetas –un buen dinero en aquellos años- y a propuesta de Tomás Valiente se sentaron en la mesa de la cocina para cenar lo que María Cruz tenía preparado para ella. Eran ya las nueve y media de la noche cuando salían a continuar la juerga camino de Arrecife.

Descubierto el cadáver por Pedro Barrera, un campesino que vivía en un pago próximo, se personó el juez en el lugar y comenzó la investigación. Las sospechas recayeron de inmediato sobre los tres individuos. Pero habían desaparecido. Ni estaban en sus domicilios ni nadie sabía de ellos. El juez Emilio Gómez Miranda investigó entonces a Petra de los Dolores, la hermana menor de la asesinada. Sorprendentemente, la investigación no vuelve a mencionar a los asesinos para nada.

José Luis Morales entrevistó a Félix Suárez, que fuera secretario judicial de Lanzarote cuando se revisó el sumario. En aquel momento contaba ya con 86 años y le señaló que “en la isla era ‘vox populi’ que Petra Cruz era inocente. Y por tanto el juez que instruía el sumario actuaba con parcialidad contra ella. Y así se produjo un error judicial de trágicas consecuencias”.

Se da la circunstancia que los autores del asesinato eran, junto con otros, los que se dedicaban a recabar votos durante las elecciones para los conservadores caciques del norte de Lanzarote. El investigador lanzaroteño, Agustín de la Hoz, dijo al periodista “los caciques presionaron para que no se culpara a los auténticos asesinos. Primero porque sus patrocinados eran las avanzadillas que ellos tenían en los pueblos para ganar, a base de engaños y chantajes, las elecciones de cualquier tipo. Y además si lograban culpar a Petra Cruz, mataban dos pájaros de un tiro. Una mujer sensible, avanzada para su tiempo, exquisita y que nada les convenía. Así empezó el calvario mortal de Petra”. “La pareja de la Guardia Civil la detuvo por orden judicial, en el momento que Petra ponía flores en el altar de la iglesia de Teseguite –señala Agustín de la Hoz- dedicado a la patrona. Fue esposada dentro de la iglesia y de allí la llevaron a Teguise”.

Fue procesada inmediatamente por ‘fraticidio y robo con homicidio’ sin que ella hiciera declaración, según figura en el sumario 31/19 de nueve de mayo. Se le ‘encontraron’ dos cómplices: el labrador Pedro Barrera (el que descubrió el cadáver) y Tomás Robayna, un campesino progresista que decían “tenía relaciones con Petra”. El juez manda a la prisión vieja de Lanzarote a Petra “hasta que cumpla a condena”. “Le hicieron de todo, le tiraban orines, estiércol, basura y porquerías en la celda. No le dejaron cambiar de ropa ni una vez y hasta la tiraban al aljibe. En una cadena de torturas, vejaciones y humillaciones como nunca se había visto”, recuerda Félix Suárez. “Nunca se declaró culpable. La violaron en muchas ocasiones, entre varios, y sobre todo un personaje muy macabro que era director de la prisión, Pedro Romero, que cuando se emborrachaba le daba unas palizas de muerte después de violarla. El hijo que tuvo en la cárcel lo llevaron a un hospicio y nunca más se supo de él. Fue así como la convirtieron en la loca de Lanzarote”.

Pese a que el sumario estaba concluido no se señalaba el juicio y Petra agotó su capacidad de resistencia y quedó totalmente enajenada. Se arañaba las manos en la pared, con las pocas fuerzas que le quedaban, hasta arrancarse las uñas y ensangrentar el suelo donde se desvanecía. El juez decidió enviarla al manicomio de Las Palmas por miedo a que se muriese allí.

Félix Suárez afirma que “fue peor el remedio que la enfermedad, porque las monjas del manicomio evitaron que se arrancara las manos amarrándola a la pared con unas argollas. Tras un año amarrada murió sola, sin carnes y con los ojos a salírsele. Cuando las monjas la vieron no se atrevieron a tocarla porque decían que estaba embrujada. Fue enterrada en la fosa común del cementerio de Tafira”.

La noticia de su muerte provocó escritos, protestas y manifestaciones en Lanzarote. Al juez Emilio Gómez Miranda le sustituye José Miura y Casas que, obligado por los acontecimientos, hace revisar el caso. Ordena cerrar el sumario y pide traslado, al igual que el nuevo juez Francisco Valera Fernández, hasta que cinco años después de que se cometiera el asesinato, el 9 de mayo de 1924, se dicta sentencia absolutoria “con toda clase de rehabilitaciones”.

Se detuvo a Tomás Valiente y a Marcos Concepción, pero Luis Hernández se había marchado a Argentina poco después del crimen. Tomás Valiente fue detenido en Las Palmas, donde pretendía huir a Uruguay. Al llegar a Arrecife, cientos de personas le gritaban cuando era conducido a la misma prisión en la que Petra enloqueció. Pasaron varios meses a la espera del juicio hasta que el 14 de abril de 1928 llega un indulto particular del Gobierno de Primo de Rivera para los tres inculpados, “a petición del Ministerio Fiscal”.

Durante la República fue publicado un libro titulado ‘Toda la verdad sobre el asesinato de María Cruz’, libro que en 1936 fue quemado por orden del párroco de Arrecife. La casa donde se produjo el asesinato sigue sin habitarse. Sus habitaciones están igual aunque con la ruina sobre sus techumbres. Un monumento sombrío a uno de los capítulos más trágicos de la historia de Lanzarote.

Resumen del artículo publicado por José Luis Morales en la revista Interviú en 1981