00:00 h. domingo, 19 de julio de 2026

Ocho Islas, un Solo Viento

 |  20 de enero de 2026 (10:29 h.)
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ANTONIO LEAL AGUILAR

En la plaza del barrio de Tajaste, en Lanzarote, el sol se despedía lentamente tras los volcanes, tiñendo de rojo los barrancos y las laderas de lava. El viento alisio corría libre, trayendo consigo olor a sal, a mar abierto y a tierra antigua.

Félix Antonio Leal Aguilar caminaba despacio, con una libreta bajo el brazo, dejando que cada paso siguiera el pulso del lugar.

—¡Félix, mi niño! —gritó doña Carmen desde su ventana—. ¿Otra vez con esos dibujos de banderas?

—Sí, doña Carmen —respondió él sonriendo—. Pero esta vez no es solo un dibujo… es la bandera de todas nuestras islas.

Y no exageraba. Aquello no era un simple trozo de tela. Era un sueño tejido con siglos de memoria: la huella de los aborígenes que caminaron La Palma, Fuerteventura y El Hierro; la fuerza de los pescadores que sienten el Atlántico en las manos; la risa de los niños corriendo por la arena de Las Canteras y por los senderos de La Graciosa.

Aquella tarde comenzaron a llegar vecinos de Tinajo, Arrecife y hasta de la octava isla, atraídos por el rumor de que algo nuevo estaba naciendo.

—Dicen que será blanca, azul, amarilla y verde —comentó un pescador mientras arreglaba sus redes—. Que representará a todas las islas… incluso a la nuestra, que durante años parecía olvidada.

—Así es —respondió Félix—. Cada color tiene su historia:

el blanco, la paz;

el azul, el mar que nos une;

el amarillo, el sol que nos sostiene;

y el verde, la tierra viva que nos alimenta.

Entre risas y murmullos, los niños corrían tras los perros, mientras una anciana tocaba una pequeña lira, como si el pasado acompañara el presente. Sobre una mesa de madera, los bocetos de la bandera se desplegaban: ocho islas representadas, dos aborígenes como memoria viva, la corona como símbolo de soberanía y las estrellas verdes, recordando que Canarias es un todo completo y digno.

—Y la corona —dijo un joven, con los ojos brillantes—. Nos recuerda que tenemos derecho a ser quienes somos, sin divisiones.

—Exacto —asintió Félix—. Se acabaron los pleitos entre islas “mayores” y “menores”. Somos ocho… y somos uno.

El viento, como si comprendiera la importancia del momento, empezó a ondear entre los tejados de lava y los barrancos. La bandera, aún en boceto, parecía querer alzarse sola. Entonces nació la idea: un mismo día, a la misma hora, la bandera ondearía en todas las islas, desde El Hierro hasta La Graciosa, para recordar que el Atlántico es un solo mar y que el pueblo canario late al mismo ritmo.

Esa noche, alrededor del fuego, los mayores contaron historias de banderas antiguas, de estrellas verdes y de divisiones que ya no tenían sentido. Los niños escuchaban en silencio, fascinados. Félix lo anotaba todo: nombres, recuerdos, sueños.

—Algún día —dijo un anciano— esta bandera será más que tela. Será memoria, orgullo y voz.

—Y futuro —respondió Félix—. También de los que vendrán.

Durante semanas, la bandera fue tomando forma. Se cortó la tela, se cosieron los colores, se cuidó cada detalle. Y cuando por fin ondeó por primera vez en Tajaste, el pueblo entero guardó silencio. El sol del atardecer iluminó sus colores y el viento la levantó con respeto.

—Mira, mamá —dijo un niño—. Parece que el viento habla.

—Sí, hijo —susurró ella—. Nos está diciendo que somos libres, que somos uno, que Canarias tiene alma.

Y así nació la Nueva Bandera del Estado Canario: no solo como símbolo, sino como historia viva. Desde entonces, cada vez que el viento cruza el Atlántico, lleva consigo su canto:

el canto de ocho islas,

de un solo pueblo,

y de la promesa eterna de una Canarias libre, digna y unida.