La clase política está usando a las personas como piezas de recambio. Cuando faltan nacimientos, cuando el mercado laboral se hunde o cuando los votos escasean, la solución fácil es abrir las puertas sin control y “rellenar” los países.
Eso no es gobernar.
Eso es evitar responsabilidades.
La baja natalidad no se arregla trayendo gente de fuera. Se arregla creando condiciones para que la gente de dentro pueda vivir, trabajar y formar familias. Si los jóvenes no tienen vivienda, estabilidad ni futuro, no tendrán hijos. Y ningún flujo migratorio va a cambiar eso.
La inmigración masiva usada como herramienta económica degrada salarios, tensiona servicios públicos y rompe equilibrios sociales. Y usada como herramienta electoral es todavía peor: convierte a las personas en números.
Defender que los pueblos conserven sus rasgos físicos, su lengua, su entonación y sus costumbres no es odio. Es sentido común. La diversidad humana no se protege mezclándolo todo sin límites, sino respetando los espacios, los orígenes y las comunidades.
La política no puede seguir jugando a la ingeniería social.
No se gobierna sustituyendo poblaciones.
Se gobierna fortaleciendo a la propia.